RESEÑA
Oh, derviche de la lengua!: Letra a Letra, de Carlos Germán Belli.
Carlos Germán Belli. Letra a Letra: Antología Personal. Cascahuesos. Arequipa. 2011. Pp. 104.
Por: César Belan
El 6 de julio de 2010 Carlos Germán Belli recibió en la Sala Grau del Congreso de la República la mayor distinción que otorga este poder del Estado; justamente a alguien que dedicó gran parte de su vida a esa institución, y de la que paradójicamente recibió honores por una actividad tan ajena a su faceta como servidor público, como es la poesía. Esta distinción se sumó a una serie de merecidos reconocimientos hechos a lo largo de los últimos cuarenta años, entre los que contamos: El Premio Nacional de Poesía (1962), el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2006, el Premio Casa de las Américas (2009), sin contar las dos becas Guggenheim que obtuviera en los años 1969 y 1987. Sin embargo la celebrada humildad y bonhomía de don Carlos Germán permanece imperturbable, así como la sobriedad y pulcritud de su verbo. Más allá de los merecidos homenajes, y estando seguramente de acuerdo con nuestro invitado, nos aproximaremos a su obra –ya merecedora de muchos estudios especializados-, en lo que respecta al clasicismo o neoclasicismo en su poética, para así celebrar como es debido a una vida consagrada a la escritura.
Belli es ciertamente un clásico. Y aunque ese epítome le puede sonar odioso, es tan indispensable como a la vez justo. Digo indispensable porque remitirse a la poética de Carlos Germán Belli es remitirse a lo mejor de la tradición clásica en la poesía, y digo justo porque en el caso de don Carlos Germán aquella tradición es enriquecida y revitalizada, evitando caer en insípidas copias que muchos de sus contemporáneos realizaron sobre la lírica española, y en especial sobre la de la generación del 27’. Tradición, en Belli encuentra el pleno sentido de la palabra, ya que hurgando sobre los tópicos, arquetipos y formas universales, decanta el sentir de un contexto muy cercano; y así, en su celebrada poesía, los requiebres y desconsuelos de Cloris se acompasarán con el traqueteo de arruinadas máquinas de escribir en hacinadas oficinas judiciales. ¡Judicial, burocrático, que terrible dulce abismo de nuestra realidad! Nuestros pobres amanuenenses del Perú, “Hasta las cachas, ya hipando”, ocupan aquellos lugares donde mora actualmente la tragedia, y donde –al igual que en tiempos de Eurípides- la condición humana se ve fielmente reflejada.
El clasicismo de Belli, tributario y partícipe de la herencia lírica española más sobresaliente, resulta también un feliz último estadio de la tradición poética peruana, abarcando en ella –y con acierto- a las dos voces más influyentes en nuestro país: Eguren y Vallejo. Del primero –a decir de PAOLI- toma “el afán de disolución muy propio del vanguardismo, suavizado por la parodia y la ironía”; y del segundo “el mensaje de angustia existencial y solidaridad social (…) un lenguaje sólo definible por aproximaciones”.
Así, si Vallejo exhorta:
“Jamás, señor ministro de salud, fue la salud / más mortal / y la migraña extrajo tanta frente de la frente!”
Belli añadirá:
“Porque arriba hay algunos que manejan todo, / que escriben, que cantan, que bailan/ que hablan hermosamente, / y nosotros rojos de vergüenza, / tan sólo deseamos desaparecer / en pedacititos”.
Otra característica en Belli que apela al clasicismo, es aquella que alude a la radical experimentación en el lenguaje a la que don Carlos Germán nos tiene acostumbrados. Hablamos pues de una permanente reelaboración discursiva en la que el habla no se desnaturaliza, y que, por el contrario alcanza a la propia raíz de la palabra en su incansable búsqueda de corrección formal.
“Al ras del suelo/ Bebé gamba abokarié / Niño gamba ibirikí / Giá uomo gamba abokoró”
En Belli, no hay pues formas líricas que deleitan –única y exclusivamente- como fuegos artificiales; en su obra encontramos un honesto y laborioso afán por reescribir el arquetipo –buscando así definir, a su manera, el ideal clásico- mediante la experimentación total con el lenguaje.
Su particular manera de aferrarse a ese añejo esquema está, también marcada por una particularidad fundamental: el hablante permanece siempre consciente de la periferia desde donde se escribe. El lugar marginal donde el autor discurre, definirá por entero a su poética, a la vez que la dotará de esa sutil melancolía –plena de humor y ternura- que destacan sus más apasionados lectores. Hablamos pues de un particular estilo que no sólo musita por el saberse excluido de la perfección arquetípica (el platónico mundo de la perfección), sino que se abruma doblemente (al punto del absurdo) al tratar de buscar ese paradigma estético y filosófico en un mundo y edad que no le corresponde.
Así pues, si Garcilaso proclamaba angustiado: “Cuando me paro a contemplar mi estado/y a ver los pasos por do me ha traído,/ hallo según por do anduve perdido,/ que a mayor mal pudiera haber llegado”.
Belli, a su vez, replica: “Yo publicar, ¡oh hado!, realmente debo/ que hallarme peor podía al presente,/sin briznas siquiera de este pan llevar,/ni brisas tampoco ni esta mi cerviz/que soporte el peso de los pies ajenos”.
En los dos primeros versos Bellianos puede notarse la presencia de Garcilaso pero la reformulación de Belli es deliberadamente modesta y prosaica, porque la identificación –tal como lo dice Paoli- debe mostrar la diversidad esencial y necesaria entre lo clásico y lo moderno, la imposibilidad de una fusión y hasta de una pacífica superposición. De esta manera toda la congoja instrumental-burocrática y tecnológica en que recaen sus palabras, evidencia de un modo casi cómico un pasado al que la modernidad ha excluido de la peor de las formas.
Este repertorio mixto, este lenguaje disperso pero machihembrado prodigiosamente, hace que su poética se tilde como barroca o neo-barroca. En Palabras de Kozer, gurú de este no-movimiento, Belli es ni más ni menos el padre del mismo, no habiendo sido incluido en el Medusario, manifiesto por antonomasia del neo-barroco, por una razón a la que roberto echavárren aludirá en la introducción: “Se ha considerado no incluir ejemplos de verso métrico tradicional como los llevados a cabo por Martín Adán, Severo Sarduy y Carlos Germán Belli”. Más allá de esta extraña omisión que hace evidente la pertenencia, consentida o no, de Don Carlos Germán a este movimiento, Kozer referirá de Belli lo siguiente: “Belli ha rehecho el Barroco español. Centrándose en poetas del siglo XVII considerados de segunda fila, enalteciéndolos con una justeza que los convierte en Primus Inter Pares con los Góngora y Quevedo, Belli renueva, en parte aligera, en gran medida adapta al momento histórico que le ha tocado vivir, aquella escritura abierta del Barroco, que aunque abierta se veía obligada a ceñirse a parámetros reducidos, tendientes a la fijeza, parámetros que en líneas generales no podían salirse ni superar, ora por el camino gongorino, ora por el conceptista, la recuperación del mundo clásico grecolatino. A Belli, unos de los padres constructores del Neo Barroco (padre que ya es hora aparezca al lado de Haroldo de Campos y de José Lezama Lima) le ha correspondido incrustar la risa más descarnada, la seriedad no sombría, sí acendrada, en el texto denso, proliferante y de más ardua lectura, que se identifica con el movimiento Neo Barroco”.
Finalmente el Neo-barroco, respuesta a un estilo Conversacional degradado –que provocó de alguna u otra manera la degradación de la poesía-, hoy languidece; superviviendo quizás en una suerte de comunión poética con su antigua rival. De otro lado, mientras se desarrollaba la polémica, nuestro autor prefirió mantenerse al margen de movimientos y etiquetas, de tal manera que, lo que don Carlos Germán sembraba como “insular”, cosechaba en dedicación a tiempo completo para con su oficio: el escribir impecablemente. Y es que estas cualidades de su personalidad –la sobriedad y la humildad- tantas veces evocadas por amigos cercanos al autor, como es el caso de Vargas Llosa, se escurren y nutren su obra. Ya en los inicios de su carrera esa actitud le valió hacerse a un margen de las modas de los años 50’, bien apuntaladas por estructuras ideológicas en aquel tiempo predominantes. Inclusive, su fidelidad con el oficio lo hizo apartarse también de aquellos que pretendían hacerlo un adalid de una inexistente resistencia a la poesía social de ese entonces. Y es que es obvio que cualquier poesía que esté acompañada de epítetos no vale la pena ser cuestionada, porque simplemente la poesía “es”.
El compromiso social en Belli –como en Vallejo- no cae en la mezquindad y en la miopía, y se hace humano –plenamente humano- por su compromiso con la forma. Es así que el autor logra evidenciar la profunda torpeza y limitación del hombre desde la misma palabra y su ejercicio, sin caer en una pueril retórica –como la de muchos de sus contemporáneos- que funge más de eslogan que de poesía. Cito: “Perdón, papá, mamá, porque mi yerro/cual cuna fue de vuestro ajeno daño,/desde que por vez primera mi seso/ entretejió la malla de los hechos,/ donde cautivo yazgo hasta la muerte”. Belli, una vez más, confirma que es un clásico, porque lleva consigo -y de la mejor manera- la esencia misma de la poesía: la nostalgia. Aquel paraíso que se pierde a la vez que se recobra a través del propio lenguaje; esas señales rudas e incompletas, en donde se refleja nuestra quebrantada condición humana. ”. Dicho de otro modo, Vargas Llosa asegurará que: “Los poemas de Belli confirman bellamente que se puede ser un rebelde y hacer una poesía de la rebelión sin necesidad de escribir estruendosos libelos rimados cuya ferocidad, por desdicha, hiere al lenguaje con más frecuencia que al State Department”.
Finalmente, y completando lo antedicho, KOZER nos dirá con justicia: “Obsérvese el modo característico que tiene Belli de hacer la revolución. No mediante panfletario y barato llamado a las armas, a la guerra guerrillera que tanto ha prometido y tan poco ha conseguido, sino contando, casi sotto voce, una historia familiar, familiar y peruana, peruana y universal, en la que los personajes son sus compañeros de oficina, sus hijas, y en las que se cantan en poemas liberatorios y de calidad incomparable, “los oficios hórridos humanos”, al “filicida yo también, cual parricida soy, cual fratricida,”, de modo que la culpabilidad no exime al propio yo, y el oficio ganapán, tedioso y desgastador, no es experiencia de carne ajena sino propia: estamos ante el poeta ciudadano moderno, de cuello y corbata, por qué no, que a oscuras y segura hace su obra, simulacro de pequeñez, invención de realidad mayor, transfiguración sintáctica arriesgada”.
El clasicismo, consiente que todo arte persigue una dimensión preestablecida, y que los poetas no son más que meros plagiarios, encuentra en Belli un exponente fundamental. En el Perú el remedo es doble, y linda en la maroma, ya que en la periferia el escenario es siempre desalentador en estos asuntos de buscar la perfección. Es por tal que resulta más encomiable y perfecto ese balbucear periférico de Belli; aquellos “plagios” a que él se refiere cuando habla de su propia obra, que proporcionan a un no-lugar, un tiempo y espacio definido: “Esta que amontonadamente parte/coja canción al limbo del olvido,/ en alas de una y otra bastardilla,/ no del hermoso trazo e inclinado/ mas las del plagio a diario vergonzante”.
Por otra parte, Belli, consciente del influjo clasicista en su obra, huye de cualquier alarde o maniera que no se ajuste a la belleza plena, y por esto plenamente sencilla. Una honestidad y pulcritud en el estilo dejará de lado aquellas fallidas piruetas literarias que –obedeciendo a modas tan pasajeras como ajenas- convierten lo artificial en vacío e inútil. A pesar que Lihn lo hubiera de calificar de manierista, podemos afirmar que cualquier efecto u ornamento poético en el trabajo de Belli se ajusta únicamente a un sentido armónico que se condice con el íntegro de la obra, afianzándose así el ideal clásico. Es así que, como ya hemos dicho, la inserción de términos llamados por Paoli como “económicos-administrativos” (tales como: salario, montepío, glándula, subcutáneo) en esquemas clásicos de composición, no es de ninguna manera caprichosa; lo pertinente en estas impertinentes alocuciones constituirá la médula misma de la obra Belliniana, plena de un peculiar humor negro y velado pesimismo, aquel que a ratos se transfigurará por efecto de la ternura.
Hoy en día, donde la poesía permanece viciada por ruidos extraños, aquellos que pertenecen a un mundo también extraño y hostil, no resulta en definitiva algo bello. Más allá de la decadencia a la cantan los poetas de cada generación, la búsqueda de lo perfecto e ideal se filtra por entre las mejores páginas de la poesía, ya que el canto siempre será de esperanza y no de desesperación. La obra de Belli es, por lo tanto, importantísima, frente aquella desbocada y ruin tendencia que pretende hacer de la poesía un antro sin esperanza. La poesía es esperanza, entre otras cosas, porque es forma. Una forma que disecciona el lenguaje para asir lo inasible. La poesía de Belli también nos recuerda esa tan importante lección; y respondiendo a las más sosas tendencias de la poesía conversacional y seudo-conversacional puede decir más en su silencio que la vulgar sugestión de palabras. Es suma: la dignidad de la poesía ha sido restituida, y ante un –siempre- mundo inasible y ajeno, la poesía, la buena poesía, es una trinchera, no política o ideológica; es el bastión de la lucha espiritual, de la lucha eterna. Aquella que silenciosa sólo se puede describir con exquisito detalle y profunda sencillez, tal como lo hace Carlos Germán Belli.
